domingo, 3 de octubre de 2010

Dar gracias…pero ¿en todo?

 
La autora es psicóloga, y trata el tema de la gratitud con originalidad y buen fundamento bíblico. La gratitud es un componente esencial de la alabanza.
“Dad gracias en todo, porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús”. 1a. Tesalonicenses 5:18
“Dando siempre gracias por todo al Dios y Padre…” Efesios 5:20

Pudiera resultar “rebuscado” escribir un artículo sobre un mandato de Dios expresado en una sola frase tan simple: “dad gracias en todo”. ¿Acaso no está suficientemente claro?, ¿no es una orden?, ¿es que nos atrevemos a cuestionar lo que Dios nos pide?
Estas preguntas tropiezan con una evidencia palpable a cada momento: Cuánto nos cuesta dar gracias…y en todo! Claro que la evidencia resulta tal si nos atrevemos a ser honestos con nosotros mismos y con Dios.

NO ES DAR GRACIAS…
Frecuentemente en la vida cristiana adoptamos actitudes “pseudo espirituales”, engañándonos a nosotros mismos. Algunas de ellas tienen que ver con el tema que nos ocupa. Es posible que salga fácilmente de nuestros labios la frase: “gracias a Dios”, pero muchas veces es nada más que eso: una frase, producto del acostumbramiento, de un legalismo religioso o de otras actitudes íntimas que nos resulta difícil admitir. ¿Nos asomamos a nuestro interior?
No deberíamos confundir el verdadero espíritu de agradecimiento a Dios con:
- Optimismo: tendencia a ver las cosas en sus aspectos más favorables o benéficos.
- Irrealismo: no poder ver las cosas en su dimensión real, perdiendo objetividad.
- Conformismo: refugio para no comprometernos con cambios y no plantearnos metas más altas y ambiciosas para nuestras vidas.
- Indiferencia: todo da lo mismo, no hay fuerza ni color en las experiencias.
- Formalismo: hacer las cosas “porque se debe” (no se corresponde con el deseo íntimo).
- “Super-espiritualidad”: negar nuestras necesidades humanas normales, alegando espiritualidad.
Estas y otras actitudes similares no son verdaderamente “dar gracias”; demuestran ser ineficaces y frustrantes, impidiendo un crecimiento auténtico en la vida espiritual.

S ES DAR GRACIAS…
…poder manifestar gratitud a Dios como expresión genuina de reconocimiento por lo que Él es, no solamente en las circunstancias “buenas” o “felices” que nos ocurren, sino en aquellas que desearíamos evitar o cambiar: en todo y por todo. Es una expresión absoluta, no hay excepciones de tiempo, de intensidad, ni de calidad de experiencias. Muy fácil decirlo, escribirlo, leerlo. Pero…¿cómo se hace?

1. Reconociendo quién es Dios y quién soy yo
Es frecuente escuchar la frase: “ya lo sé, pero no lo siento”. ¿Es que Dios no contempla nuestros sentimientos? ¿Nos fuerza a hacer algo que no sentimos? El Creador nos ha conformado no solamente con sentimientos, sino con la capacidad de elaborar pensamientos y de actuar por voluntad. Este trío de capacidades deben ordenarse y complementarse a fin de expresarse de una manera sana. Cuando “sentimos” algo contrario a lo que Dios nos pide, sería útil revisar las ideas, los pensamientos, que sustentan tales emociones. Si tenemos conceptos erróneos sobre quién es Dios, quiénes somos nosotros y cómo es la relación que Él quiere establecer con nosotros, será muy difícil tener sentimientos adecuados al respecto.
Es posible que salga fácilmente de nuestros labios la frase: “gracias a Dios”, pero muchas veces es nada más que eso: una frase
Es interesante analizar, por ejemplo en el Antiguo Testamento, pasajes que nos presentan hermosas oraciones de alabanza y agradecimiento a Dios (1 Reyes 7:51; 8:22-30; 8:54-58; Salmo 77:1-15; Éxodo 15:1-21; Habacuc 3).
Los fundamentos de una acción de gracias profunda y sincera se encuentran en el conocimiento (intelectual y vivencial) de la misma persona de Dios: quién es Él, cuáles son sus atributos, de qué manera se ha relacionado con los hombres en general y con sus hijos en particular a través de los tiempos.
Juega un papel muy importante en esas oraciones mencionadas, el “hacer memoria”, recordar los hechos que revelan la acción de Dios como muestra de su fidelidad y provisión hacia su pueblo. Salomón, Moisés…no escatimaban esfuerzos en mencionar, una a una y en forma detallada, las intervenciones de Jehová. Este reconocimiento conduce inevitablemente a la alabanza y a la gratitud, acrecentando a la vez, la fe del pueblo.
Como cristianos podríamos agregar como tema de principal agradecimiento la concreción de la promesa de un Salvador en la persona de Jesucristo, con todo lo que ello implica: la victoria por medio de la cruz (1 Corintios 15:57; Romanos 7:25); la liberación de la esclavitud (Romanos 6:17); la pertenencia a la familia de Dios (1 Corintios 1:4); la fortaleza diaria (1 Timoteo 1:12, etc.)
En este reconocimiento de quién es Dios, objeto de nuestra gratitud, es útil puntualizar la dimensión temporal. Un común denominador en los pasajes del Antiguo Testamento mencionados es la referencia a los tres tiempos: pasado, presente y futuro. Hay una memoria de la obra de Dios en el pasado, una consideración de su accionar en el presente y confianza en lo que Él hará en el futuro.
Nos cuesta dar gracias a Dios en todo, cuando perdemos de vista alguna de estas tres dimensiones. A veces la situación del presente nos absorbe y preocupa tanto que no podemos reconocer lo que Dios obró en nuestro pasado, y por ende, tampoco podemos mirar al futuro con esperanza. Otras veces nos sucede que nos detenemos en las experiencias cristianas del pasado, evitando vivir con intensidad el presente. Y a la inversa, otras veces vivimos en función de la preocupación por el futuro, no pudiendo disfrutar del momento presente o recordar la fidelidad de Dios en el pasado.
Si hoy nos cuesta dar gracias a Dios por lo que está sucediendo en nuestras vidas, los ejemplos bíblicos nos instan a mirar hacia atrás reconociendo la bondad de Dios para con nosotros y hacia adelante con fe, descansando en Sus promesas. Esta perspectiva se origina en el conocimiento de un Dios eterno que trasciende infinitamente la limitación temporal humana. Y nosotros somos hijos de ese Padre eterno.
Otro aspecto del conocimiento de Dios es la aceptación de su soberanía. Ser soberano es un atributo propio de su ser divino, pero muchas veces lo desconocemos en relación a nuestras vidas personales. Aceptar la soberanía de Dios en nuestras vidas es reconocer que Él es el Señor de las circunstancias, felices o tristes, placenteras o angustiantes de nuestro andar cotidiano (Eclesiastés 7:13 y 14; Job 1:20-22; Job 2:9 y 10).
Si podemos creer en un Dios que no sólo es soberano, sino que es amoroso, misericordioso y que trata con el hombre de un modo personal, no será difícil reconocer en Él a un Padre que nos ama, que conoce todas nuestras necesidades, sabe cómo suplirlas y quiere hacerlo (Mateo 7:11; Romanos 8:32).
Claro que la dimensión eterna de los planes de Dios es difícil de ser captada por la finitud humana; requerirá de nuestra parte mayor profundización en la fe para poder ajustarnos a Sus propósitos en nuestras vidas.

2. Reconociendo la presencia del enemigo
En esta interacción entre Dios y nosotros deberíamos prestar atención a la cierta y perturbadora presencia de un tercer personaje: Satanás. Su acción desde el principio está orientada a oponerse abierta o veladamente a Dios. El intentará sembrar mentiras en nuestra mente: “Dios no es bueno”, “Dios no es confiable”, son sólo algunos de los mensajes que diariamente recibimos de su parte.
Quizás estas ideas no aparezcan claramente en la conciencia, pero se pueden detectar en las quejas, en el resentimiento, en la falta de fe, en la amargura y en el desánimo. La consecuencia es: “no siento gratitud a Dios”. Otra vez vemos la importancia de las ideas, que generan actitudes y sentimientos acordes a ellas.
“Me parece que podemos ver esto en la perspectiva correcta si leemos Romanos 1:21: ‘pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido’. Éste es el punto central: no fueron agradecidos. En lugar de dar gracias ’se envanecieron en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido’. Creyéndose sabios, se hicieron necios.
El principio de la rebelión de los hombres contra Dios estuvo y aún está en la falta de un corazón agradecido. No tuvieron corazones justos y agradecidos que se reconocieran como criaturas delante del Creador y cayeran de rodillas no sólo físicamente, sino también en su obstinado corazón. La rebelión es la negación deliberada de la criatura de reconocer su calidad de criatura delante del Creador y que se manifiesta en la falta de acción de gracias”. (1)

3. Reconociendo mi individualidad y la de mi prójimo.
Si bien al aceptar el Evangelio ingresamos a una familia espiritual, a una comunidad cristiana, en ningún momento perdemos nuestra singularidad como individuos. Esto implica, entre otras cosas, que pasamos por experiencias diferentes, en tiempos diferentes, y tenemos modos de sentir y de responder a ellas en forma diferente.
A veces tendemos a juzgar la calidad de experiencias que vivimos comparándolas con las de los demás. A causa de nuestro egocentrismo solemos pensar que las nuestras son las peores circunstancias, y que si nos tocara vivir “en la piel de los otros”, sería más fácil agradecer a Dios.
“¿Por qué a mí…?” “Siempre me toca a mí…”, “Yo las paso a todas”, etc. son pensamientos frecuentes, sean expresados o no en voz alta. Estas comparaciones veladas siempre producen amargura y secreta rebelión contra Dios. Es cierto que a simple vista pareciera que hay personas a las que “la vida les sonríe” o “tienen una vida color de rosa”. Pero los que trabajamos con personas sabemos de los dramas y las penas secretas que muchas veces son ocultadas por sonrisas o frases de aparente alegría. Además, para cada persona su etapa y sus circunstancias son las más importantes. De nada sirve juzgar o comparar experiencias. Cada uno debe aprender a dar gracias a Dios en todo lo que le toca vivir en ese momento dado.
Los fundamentos de una acción de gracias profunda y sincera se encuentran en el conocimiento (intelectual y vivencial) de la misma persona de Dios: quién es Él
Dios nos trata como lo que somos, personas. Él tiene un plan único e individual para cada hijo suyo. En este plan se incluyen todas las situaciones de nuestra vida, felices o penosas. Este entramado cuidadoso y atento de Dios tiene un objetivo: que Cristo sea formado en nosotros (Gálatas 4:19). Si pudiéramos reconocer esto en el tiempo de adversidad, ¿no sería más genuino nuestro agradecimiento a Dios?
Nos resulta fácil conciliar situaciones de vidas agradables y gratificantes con la gratitud a Dios. Pero, ¿qué de los momentos de dolor? Es que esta demanda de Dios no excluye el conectarnos sinceramente con nuestros sentimientos, reconociéndolos y expresándolos. El “dar gracias en todo” no se contradice con el sentir pena, tristeza, desengaño, frustración, inquietud… Por el contrario, es así cuando nos sentimos como seres humanos, cuando la gratitud a Dios a pesar de… o por encima de… adquiere todo su valor, como expresión de fe y confianza en ese Dios soberano a quien hemos elegido para gobernar nuestras vidas.
Dios tiene un objetivo: que Cristo sea formado en nosotros (Gálatas 4:19). Si pudiéramos reconocer esto en el tiempo de adversidad, ¿no sería más genuino nuestro agradecimiento a Dios?
Por otra parte, cuando algo nos cuesta mucho en nuestras vidas cristianas, es entonces que podemos probar el poder de Dios. “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en tu debilidad” (2 Cor. 12:9). Esto debiera estimularnos a no producir una acción de gracias forzada, sino más bien a reconocer y aceptar nuestros verdaderos sentimientos, confesando la incapacidad y las limitaciones para lograrlo con nuestras propias fuerzas.

LA GRATITUD, PARÁMETRO DE SALUD MENTAL
Como profesional del área, no puedo menos que hacer una reflexión al respecto. Si hiciéramos un estudio profundo de Dios y de Sus leyes para sus criaturas, quedaríamos maravillados por Su sabiduría. La Biblia no es un tratado de Psicología, pero día a día corroboro que conocer a Dios y permanecer en obediencia a Sus mandatos garantizan la armonía con nosotros mismos y con los demás. La práctica de este “dar gracias en todo” no escapa a esta realidad. Desde lo secular hay canciones que expresan la sabiduría popular: “Gracias a la vida que me ha dado tanto…”, expresa la canción de Violeta Parra, y otra “Vivir con alegría significa vivir más…”
Dice el Dr. Ricardo Zandrino al respecto: “Con alegría se vive más en calidad y cantidad. La gratitud genera alegría de vivir y, el ser agradecido es una expresión de madurez y salud… La actitud opuesta a la gratitud es el resentimiento, el que aparece en nosotros cuando creemos culpables a otros de que nuestras ‘demandas’, ‘lo que naturalmente nos corresponde’, quedan insatisfechas o resultan perjudicadas”.
“La gratitud genera alegría de vivir, sentir la vida como un permanente regalo. El resentimiento, en cambio, genera la desilusión, el deseo de venganza, la alegría por el daño ajeno”. (2)
No es lo más importante la cantidad de cosas buenas o malas que nos sucedan, sino si hemos desarrollado la capacidad de reconocerlas, dando gracias a Dios por ellas. Continúa el Dr. Zandrino: “El que es agradecido aprende a ser feliz por pequeñas cosas de la vida. Al mirar a su alrededor ve que cuanto tiene es un regalo”. Es así posible disfrutar lo que se tiene y vivir en paz con Dios, consigo mismo y con los semejantes. ¿No quisiéramos ejercitar este hábito saludable, agradando y honrando a Dios?
La Biblia no es un tratado de Psicología, pero día a día corroboro que conocer a Dios y permanecer en obediencia a Sus mandatos garantizan la armonía con nosotros mismos y con los demás.

DAR GRACIAS EN TODO: REQUERIMIENTO SOBRENATURAL DE UNA VIDA SOBRENATURAL
Esta actitud de agradecimiento no es una opción; es un mandato dirigido a todos los creyentes. “…porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesal. 5:18). Si está basada en el conocimiento de quién es Dios, es obvio que quienes no lo han probado y gustado, no pueden generar espontáneamente esta actitud. Es que la alabanza y la gratitud son características de un carácter y de un lenguaje cristianos (Ef.5:19-20; Apoc.4:8; 11:17; Ef. 5:1-4).
Un autor cristiano dice que el idioma del reino de Dios es la alabanza: “El mundo quedará maravillado, sorprendido, si nos ve dar gracias a Dios siempre, y por todo. En la adversidad o en la prosperidad, en el éxito o en el fracaso, en la cumbre o en el valle, no podemos dejar de hablar el idioma del reino de los cielos, nuestro idioma. Esta alabanza, esta expresión de gratitud está inspirada en el reconocimiento íntimo de que Cristo reina sobre toda la situación”. “Que Dios nos limpie desde adentro, desde lo más íntimo de nuestro espíritu, quitando todo rezongo, toda queja, toda amargura que pueda haber allí oprimiéndonos, para que libremente, con transparencia, podamos hablar el lenguaje del reino de los cielos”. (3)
También Dietrich Bonhöeffer, que conociera de sufrimientos y pesares, expresa: “Cantad al Señor cántico nuevo, nos vuelve a decir siempre de nuevo el salmo. Es el cántico de Cristo, renovado todas las mañanas, que la comunidad familiar entona al amanecer; el cántico nuevo cantado por toda la comunidad de Dios en la tierra y en el cielo y al que estamos llamados a unir nuestras voces. Dios se ha preparado un solo gran cántico de alabanza para toda la eternidad, y el que entra en la comunidad de Dios une su voz a ese cántico”. (4)
Decimos que es un requerimiento sobrenatural de una vida sobrenatural, porque la gratitud no es lo que brota “naturalmente” cuando algo nos daña, nos hiere o nos molesta. Pero Dios es coherente consigo mismo y con nosotros: no nos pide nada que no podamos hacer. El mismo nos provee de los recursos necesarios. En Ef. 5:18, antes de pedir nuestra actitud de agradecimiento incondicional, nos insta a “ser llenos del Espíritu Santo”. Aquí está la fuente de poder para lograrlo. Es el Espíritu Santo quien nos capacita para que brote de nuestro corazón una acción de gracia continua.
Tampoco se trata de un logro definitivo, de una vez y para siempre. La victoria se obtiene cada día, en cada situación que nos toca vivir.
Que podamos empezar cada día de nuestra vida entregándola a Dios, reconociendo Su soberanía sobre nosotros y nuestra propia impotencia, aceptando el accionar del Espíritu Santo en nosotros,  limpiando toda cosa que no le agrada e iluminando el campo de nuestra propia responsabilidad. ¿No será así más fácil, entonces, dar gracias por todo al Dios y Padre? Que así sea.

BIBLIOGRAFIA
(1) Schaeffer, Francis: “La verdadera espiritualidad”
(2) Zandrino, Ricardo: “Sanar es también tarea de la iglesia”
(3) Himitian, Jorge: “Jesucristo es el Señor”
(4) Bonhoeffer, Dietrich: “Vida en comunidad”

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